(Apuntes de Rosario Peñaranda Medina)
Contexto histórico-literario de la novela española desde la guerra civil hasta la democracia
La novela española escrita entre 1936 y 1975 estuvo profundamente marcada por los acontecimientos históricos y sociales del país, especialmente la guerra civil (1936-1939), la posguerra y la dictadura de Francisco Franco (1939-1975). Estos factores influyeron decisivamente en las corrientes literarias de la época, que reflejaron tanto el dolor y el trauma del conflicto como la represión y censura del régimen franquista. Podemos establecer diferentes corrientes y etapas de la novela en esta época.
En primer lugar, en la inmediata posguerra, la férrea censura prohibía la publicación de obras contrarias a la dictadura y la moral católica. La novela de esta etapa suele dividirse en dos vertientes:
- La novela acorde al régimen, ya propagandística, que ensalza los valores del franquismo, como La fiel infantería (1943), de Rafael García Serrano, ya de evasión (novelas Cecilio Benítez de Castro).
- La novela del realismo existencial que refleja la miseria moral y material de personajes desarraigados y desilusionados que no encuentran valores a los que aferrarse: predominaban los ambientes sórdidos, los personajes anormales, las conductas iracundas, los espacios asfixiantes y los lenguajes duros y sin aspavientos. A pesar de que estas obras no tenían como objetivo denunciar una situación política concreta, el ambiente de degradación que reflejaban sí constituía una especie de denuncia implícita. Lo que en ella se contaba venía a ser la constatación de la existencia de un ambiente de miseria y estrechez. Tres títulos jalonan el desarrollo de esta narrativa:
- La familia de Pascual Duarte (1942), ópera prima de C. J. Cela. Con influencia de la novela picaresca y del naturalismo, el autor emplea la técnica del tremendismo y la narración en primera persona para describir con crudeza y pesimismo un mundo mísero, cruel y violento.
- Nada (1945), de Carmen Laforet, que transcurre bajo el asfixiante ambiente de la posguerra, reflejado en un mundo de miseria moral y material.
- La sombra del ciprés es alargada (1947) de Miguel Delibes.
La novela de Laforet obtuvo el Premio Nadal y llamó la atención por la juventud de la autora (23 años) y la descripción que realizaba de la época. Se considera que Nada es una novela de tono existencial, que refleja la desolación de la posguerra con una perspectiva pesimista. Pero también se trata de una novela de sensaciones, en la que la autora a través de la historia pone en juego diferentes maneras de expresar los sentimientos y desde distintas formas, de ahí la confluencia de personajes. El título se inspira en un poema de Juan Ramón Jiménez y tiene un matiz irónico, ya que, en un solo año, a Andrea realmente no le ocurre nada ni material ni físicamente. Tan solo emocionalmente se han producido cambios en el modo de pensar de la protagonista. Se considera que en Nada se observan influencias de la novela gótica (en, por ejemplo, la casa de la calle Aribau, aislada del mundo exterior), del tremendismo (el sórdido ambiente de la casa, por ejemplo) y del existencialismo (el personaje de Andrea se va haciendo a sí mismo).
Al comienzo de los años cincuenta, Miguel Delibes sigue en la línea de realismo existencial (El camino) y C.J. Cela sorprende con La colmena, una despiadada visión del Madrid de posguerra a través de una novedosa estructura que explota la perspectiva caleidoscópica. El terreno está abonado para el nacimiento de la “novela social”, avalada por toda una nueva generación de narradores que orienta su narrativa al compromiso social bajo la influencia del neorrealismo italiano, un movimiento en el que se alababa a los héroes anónimos y a las gentes sencillas que padecieron los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Se trata de la llamada “generación del medio siglo”: Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, Rafael Sánchez Ferlosio, Ana Mª Matute, Juan Goytisolo La publicación de El Jarama (1956), de R. Sánchez Ferlosio, es un hito del realismo social testimonial.
A medida que avanzaban los años sesenta, algunos autores buscaron formas novedosas de narrar la realidad y empezaron a explorar técnicas narrativas experimentales de la literatura internacional (como el nouveau roman francés y el boom latinoamericano). Novelas como Tiempo de silencio (1962) de Luis Martín-Santos, en la que se cuenta la historia de un joven médico que se ve involucrado en un aborto clandestino en los barrios
bajos de Madrid, introducen un lenguaje más complejo, combinando reflexión filosófica, simbolismo y un estilo innovador. Algunos escritores, como Miguel Delibes con Cinco horas con Mario (1966), optaron por un enfoque más introspectivo. Cinco horas con Mario es el soliloquio de una mujer que vela el cadáver de su marido y muestra la confrontación entre una visión conservadora y una progresista de la vida española. Este tipo de novelas reflejaba un desencanto con la realidad social y política, pero desde la soledad y los dilemas morales del ser humano. Además, con la apertura cultural y la disminución gradual de la censura a finales del franquismo, muchos escritores, como Juan Goytisolo (Señas de identidad, 1966), empezaron a abordar de manera más directa temas hasta entonces tabú, como la represión política y sexual, al tiempo que experimentaban con nuevas formas narrativas y técnicas posmodernas.
Asimismo, durante los años sesenta, surge el boom de la novela hispanoamericana, lo que supuso el éxito de autores como García Márquez, Vargas Llosa o Julio Cortázar. Cien años de soledad (1967) es un claro exponente del realismo mágico, una tendencia literaria que combina lo fantástico con lo cotidiano, presentando eventos extraordinarios o sobrenaturales como si fueran parte de la realidad diaria. García Márquez narra la historia de la familia Buendía en el pueblo ficticio de Macondo, entrelazando lo mítico, lo mágico y lo histórico. Con el fin de la dictadura (Franco muere en 1975), la narrativa vuelve a centrarse en la trama. La novela que supone un punto de inflexión es La verdad sobre el caso Savolta (1975) de Eduardo Mendoza, en la que se da
mayor importancia a la intriga y se incorporan elementos propios de la investigación policial.
- PERSONAJES Y TEMAS
La novela de Carmen Laforet, presenta un elenco de personajes que reflejan la complejidad de la vida en la posguerra española, aunque debemos señalar que los personajes masculinos están más desdibujados que los femeninos.
- La protagonista y narradora es Andrea, una joven que llega a Barcelona en busca de independencia y una nueva vida. Su carácter introspectivo y su sensibilidad la hacen vulnerable ante el caos familiar y social que la rodea. Pero no le gusta que le manden o le prohíban hacer lo que ella quiera. La búsqueda de su identidad y su lucha por encontrar su lugar en el mundo son centrales en la novela. Se trata de una observadora pasiva, por lo que contamos con pocos detalles de su aspecto físico (como cuando en el capítulo XVIII se mira en el espejo y surgen “unos dedos largos, más pálidos que el rostro, siguiendo la línea de las cejas, la nariz, las mejillas conformadas según la estructura de los huesos”).
Andrea es un personaje atormentado y abúlico:
“Parecía ahogarme tanta luz, tanta sed abrasadora de asfalto y piedras. Estaba caminando como si recorriera el propio camino de mi vida, desierto.
Mirando las sombras de las gentes que a mi lado se escapaban sin poder asirlas. Abocando en cada instante, irremediablemente, en la soledad […].
Me parecía que de nada vale correr si siempre ha de irse por el mismo camino, cerrado, de nuestra personalidad. Unos seres nacen para vivir, otros para trabajar, otros para mirar la vida. Yo tenía un pequeño y ruin papel de espectadora. Imposible salirme de él. Imposible libertarme. Una tremenda congoja fue para mí lo único real en aquellos momentos.
Empezó a temblarme el mundo detrás de una bonita niebla gris que el sol irisaba a segundos. Mi cara sedienta recogía con placer aquel llanto. Mis dedos lo secaban con rabia. Estuve mucho rato llorando, allí, en la intimidad que me proporcionaba la indiferencia de la calle, y así me pareció que lentamente mi alma quedaba lavada.
En realidad, mi pena de chiquilla desilusionada no merecía tanto aparato. Había leído rápidamente una hoja de mi vida que no valía la pena de recordar más. A mi lado, dolores más grandes me habían dejado indiferente hasta la burla…” [Cap. XVIII]
Sin embargo, lleva dentro un fondo de independencia y rebeldía que se despierta, sobre todo, contra lo que significa su tía Angustias:
“Súbitamente me di cuenta de que no la iba a poder sufrir más. De que no la iba a obedecer más, después de aquellos días de completa libertad que había gozado en su ausencia. La noche inquieta me había estropeado los nervios y me sentí histérica yo también, llorosa y desesperada. Me di cuenta de que podía soportarlo todo: el frío que
calaba mis ropas gastadas, la tristeza de mi absoluta miseria, el sordo horror de aquella casa sucia. Todo menos su autoridad sobre mí. Era aquello lo que me había ahogado al llegar a Barcelona, lo que me había hecho caer en la abulia, lo que mataba mis iniciativas; aquella mirada de Angustias. Aquella mano que me apretaba los movimientos y la curiosidad de la vida nueva… Angustias, sin embargo, era un ser recto y bueno a su manera entre aquellos locos. Un ser más completo y vigoroso que los demás… Yo no sabía por qué aquella terrible indignación contra ella subía en mí, por qué me tapaba la luz la sola visión de su larga figura y sobre todo de sus inocentes manías de grandezas. Es difícil entenderse con las gentes de otra generación, aun cuando no quieran imponernos su modo de ver las cosas. Y en estos casos en que quieren hacernos ver con sus ojos, para que resulte medianamente bien el experimento se necesita gran tacto y sensibilidad en los mayores y admiración en los jóvenes”. [Cap. VIII]
- Tío Román ocupa un lugar importante en la novela. Se trata de un un personaje sombrío y alcohólico que simboliza las heridas del pasado. En algunas ocasiones coquetea con Andrea y Ena. De joven rechazó y humilló a Margarita, la madre de Ena. Es músico y tiene talento, pero su falta de constancia y trabajo hacen que no pueda llegar muy lejos. Su comportamiento errático y su falta de ambición reflejan la desesperanza que permea la familia. Acaba suicidándose, cortándose el cuello con una cuchilla de afeitar. Aunque se esconde tras una máscara de cinismo e indiferencia, no puede ocultar su sensación de fracaso. Él mismo sabe que su mucho talento es improductivo y que está hundido en una familia-casa arruinada:
“ [La casa] es como un barco que se hunde. Nosotros somos las pobres ratas que, al ver el agua, no sabemos qué hacer… Tu madre evitó el peligro antes que nadie marchándose. Dos de tus tías se casaron con el primero que llegó, con tal de huir. Sólo quedamos la infeliz de tu tía Angustias y Juan y yo, que somos dos canallas. Tú, que eres una ratita despistada, pero no tan infeliz como parece, llegas ahora.
—¿No quieres hacer música hoy, di?
Entonces Román abría el armarito en que terminaba la librería y sacaba de allí el violín. En el fondo del armario había unos cuantos lienzos arrollados.
—¿Tú sabes pintar también?
[Cap. III]
Tras la fascinación inicial por Román, Andrea es capaz de ver que Román, como todos los habitantes de la casa, no sabe salir de “los límites estrechos de aquella vida”. Sabe ver en él su mediocridad y ruindad pese a su “falsa apariencia endiosada”:
“… Román, con su falsa apariencia endiosada. Él, Román, más mezquino, más cogido que nadie en las minúsculas raíces de lo cotidiano. Chupada su vida, sus facultades, su arte, por la pasión de aquella efervescencia de la casa. Él, Román, capaz de fisgar en mis maletas y de inventar mentiras y enredos contra un ser a quien afectaba despreciar hasta la ignorancia absoluta de su existencia”. [Cap. VI]
También conocemos la naturaleza de Román por Margarita, la madre de Ena, quien se enamoró de él y sufrió por él. En el comienzo de la tercera parte de la novela, en el capítulo XIX, Margarita le cuenta a Andrea su antigua historia con Román, le transmite su miedo a que su hija repita su historia y, con ello, pone en antecedentes a Andrea sobre la trayectoria y la naturaleza de Román, al que reconoce tanto “su magnetismo y atractivo” como su carácter “comprimido y amargado”:
“Hace muchos años que conozco a Román… Ya ve usted, fuimos compañeros en el Conservatorio. Él no tenía más que diecisiete años cuando yo le conocí y galleaba entonces creyendo que el mundo habría de ser suyo… Parecía tener un talento extraordinario, aunque estaba limitado por su pereza. Los profesores tenían en él grandes esperanzas. Luego, sin embargo, se ha hundido. Al final ha prevalecido lo peor de él… Cuando le he vuelto a ver hace unos días me ha dado la impresión de un hombre que se hubiera acabado ya. Pero conserva su teatralidad, su gesto de mago oriental que va a descubrir algún misterio. Conserva sus trampas y el arte de su música… Yo no quiero que mi hija se deje coger por un hombre así…”
Román es un fracasado, pero hace gala de su poder, sobre todo sobre su hermano Juan. Él mismo se retrata como un perverso manipulador ante Andrea:
“Pensaba, pequeña, que tú me ibas a entender hasta sin palabras; que tú eras mi auditorio, el auditorio que me hacía falta… Y tú no te has dado cuenta siquiera de que yo tengo que saber —de que de hecho sé— todo, absolutamente todo, lo que pasa abajo. Todo lo que siente Gloria, todas las ridículas historias de Angustias, todo lo que sufre Juan… ¿Tú no te has dado cuenta de que yo los manejo a todos, de que dispongo de sus vidas, de que dispongo de sus nervios, de sus pensamientos…? ¡Si yo te pudiera explicar que a veces estoy a punto de volver loco a Juan!… Pero ¿tú misma no lo has visto? Tiro de su comprensión, de su cerebro, hasta que casi se rompe… A veces, cuando grita con los ojos abiertos, me llega a emocionar. ¡Si tú sintieras alguna vez esta emoción tan espesa, tan extraña, secándote la lengua, me entenderías! Pienso que con una palabra lo podría calmar, apaciguar, hacerle mío, hacerle sonreír… Tú eso lo sabes, ¿no? Tú sabes muy bien hasta qué punto Juan me pertenece, hasta qué punto se arrastra tras de mí, hasta qué punto le maltrato. No me digas que no te has dado cuenta… Y no quiero hacerle feliz. Y le dejo, así, que se hunda solo… Y a los demás… Y a toda la vida de la casa, sucia como un río revuelto…”. [Cap.VII]
- Juan es el hermano de Román, se podría considerar una versión menos sofisticada de esa personalidad. Es maltratado y manipulado por su hermano. Y, persona acomplejada y dependiente, maltrata a su mujer, Gloria. Es agresivo y violento, se enfada rápidamente y pierde las formas enseguida. Quisiera ser artista como su hermano, pero carece de talento. Una parte de él es buena, ya que muestra mucho cariño a su hijo.
Para toda la familia, Juan es un “desgraciado” que ha sellado su desgracia casándose un una “mala mujer”. Además, para Angustias, tanto Román como Juan son víctimas del sufrimiento de la guerra, de una especie de “estrés postraumático”:
“Si no me doliera hablar mal de mis hermanos te diría que después de la guerra han quedado un poco mal de los nervios… Sufrieron mucho los dos, hija mía, y con ellos sufrió mi corazón… Me lo pagan con ingratitudes, pero yo les perdono y rezo a Dios por ellos. Sin embargo, tengo que ponerte en guardia”. [Cap. II]
- La tía Angustias está amargada y es muy controladora. Es religiosa y conservadora y se erige como la encargada de mantener el orden en el hogar. Su carácter opresivo y su falta de comprensión hacia Andrea generan tensiones en la convivencia familiar. Para ella, el único camino vital para una mujer decente es el del matrimonio o el del convento. A lo largo del relato descubriremos su hipocresía, ya que, aunque parece una mujer seria y decente, en realidad es la amante de su jefe, don Jerónimo, que está casado. Por este y otros motivos decide meterse a un convento.
Angustias es la guardiana de las “buenas costumbres” y la “decencia”. A Andrea le resulta antipática no solo por su forma de juzgar a Gloria, sino también por lo que pretende de ella, hacerla obedecer para ser una “buena mujer” según la tradición del nacionalcatolicismo. Cuando se presenta a Andrea, Angustias define su ideario:
“Ya sé que has hecho parte de tu bachillerato en un colegio de monjas y que has permanecido allí durante casi toda la guerra. Eso, para mí, es una garantía. Pero… esos dos años junto a tu prima —la familia de tu padre ha sido siempre muy rara—, en el ambiente de un pueblo pequeño, ¿cómo habrán sido? No te negaré, Andrea, que he pasado la noche preocupada por ti, pensando… Es muy difícil la tarea que se me ha venido a las manos. La tarea de cuidar de ti, de moldearte en la obediencia… ¿Lo conseguiré? Creo que sí. De ti depende facilitármelo.
No me dejaba decir nada y yo tragaba sus palabras por sorpresa, sin comprenderlas bien.
—La ciudad, hija mía, es un infierno. Y en toda España no hay una ciudad que se parezca más al infierno que Barcelona… Estoy preocupada con que anoche vinieras sola desde la estación. Te podía haber pasado algo. Aquí vive la gente aglomerada, en acecho unos contra otros. Toda prudencia en la conducta es poca, pues el diablo reviste tentadoras formas… Una joven en Barcelona debe ser como una fortaleza. ¿Me entiendes?
—No, tía. Angustias me miró.
—No eres muy inteligente, nenita. Otra vez nos quedamos calladas.
Te lo diré de otra forma: eres mi sobrina; por lo tanto, una niña de buena familia, modosa, cristiana e inocente. Si yo no me ocupara de ti para todo, tú en Barcelona encontrarías multitud de peligros. Por lo tanto, quiero decirte que no te dejaré dar un paso sin mi permiso”. [Cap. II]
El día de la partida de Angustias (capítulo IX: final de la segunda parte), Andrea confiesa su satisfacción por librarse de ella y poder saborear su libertad. Por su parte, Román la describe como la “conciencia” opresora de la casa, pero admite que echará de menos leer sus diarios y sus cartas:
“Me alegro de que se vaya Angustias, porque ahora es un trozo viviente del pasado que estorba la marcha de las cosas… De mis cosas. Que nos molesta a todos, que nos recuerda a todos que no somos seres maduros, redondos, parados, como ella; sino aguas ciegas que vamos golpeando, como podemos, la tierra para salir a algo inesperado… Por todo eso me alegro. Cuando se vaya la querré, Andrea, ¿sabes? Y me conmoverá el recuerdo de su feísimo gorro de fieltro con la pluma erguida, hasta el último momento, como un pabellón…, indicando que aún late el corazón de un hogar que fue y que nosotros, los demás, hemos perdido… —se volvió hacia mí sonriendo como si compartiéramos los dos un secreto —. Al mismo tiempo siento que se vaya, porque ya no podré leer las cartas de amor que recibe, ni su diario… ¡Qué cartas tan sentimentales y qué diario tan masoquista! Satisfacía todos mis
instintos de crueldad leerlo. Y Román se pasó la lengua por los labios rojos”. [Cap. IX]
La hipocresía de Angustias aflora con esos diarios tanto como la crueldad controladora de Román. La historia de Angustias apunta a su doble moral. Primero, Gloria la compara con la abuela (que reza realmente y es comprensiva) para definirla como una mujer sin empatía e hipócrita:
“A Angustias no le da Dios ninguna calidad de comprensión, y cuando reza en la iglesia no oye músicas del cielo, sino que mira a los lados para ver quién ha entrado en el templo con mangas cortas y sin medias… Yo creo que en el fondo el rezo le importa tan poco como a mí, que no sirvo para rezar… Pero la verdad —concluía—, ¡qué bien que se marche!… La otra noche me pegó Juan por su culpa”. [Cap. IX]
Después, es su hermano Juan, en un ataque de violento, quien al despedirse de ella en la estación verbaliza la hipocresía de Angustias contando su historia con don Jerónimo, su jefe, a trompicones:
“—¡Eres una mezquina! ¿Me oyes? No te casaste con él porque a tu padre se le ocurrió decirte que era poco el hijo de un tendero para ti… ¡Por esooo! Y cuando volvió casado y rico de América lo has estado entreteniendo, se lo has robado a su mujer durante veinte años…, y ahora no te atreves a irte con él porque crees que toda la calle de Aribau y toda Barcelona están pendientes de ti… ¡Y desprecias a mi mujer! ¡Malvada! ¡Y te vas con tu aureola de santa!…” [Cap. IX]
Como dice Andrea, “toda la historia de Angustias resultaba como una novela del siglo pasado”.
- Gloria, la mujer de Juan, es opuesta a Angustias. Tiene un carácter relajado; es liberal, pero se muestra incapaz de dejar a su marido, que le pega y discute con ella constantemente. Es joven y aún se siente bonita. Suele conversar con Andrea, por lo que ambas mantienen una buena relación: ambas son observadoras, espectadoras de esa casa-familia desquiciada. La familia la desprecia como mala influencia y desde un punto de vista clasista: la hacen culpable del estado de Juan. Sin embargo, descubriremos que juega en locales del Barrio chino, entorno en el que vive su familia, para mantener a su marido y a su hijo.
- La abuela representa el papel de la mujer tradicional en la sociedad española de posguerra, hecha para sufrir y aguantar.
Gloria, que la llama “mamá”, la quiere porque es la única, aparte de Andrea, que la trata bien. Ve en ella la inocencia y la bondad que no ve en Angustias:
“¿Por qué crees que no sirve Angustias para rezar? —le pregunté, admirada—. Ya sabes cuánto le gusta ir a la iglesia.
—Porque la comparo con tu abuelita, que sí que es buena rezadora, y veo la diferencia… Mamá se queda toda traspasada como si le vinieran músicas del cielo a los oídos. Por las noches habla con Dios y con la Virgen. Dice que Dios es capaz de bendecir todos los sufrimientos y que por eso Dios me bendice a mí, aunque yo no rezo tanto como debiera… ¡Y qué buena es! Nunca ha salido de su casa y, sin embargo, entiende todas las locuras y las perdona. A Angustias no le da Dios ninguna calidad de comprensión, y cuando reza en la iglesia no oye músicas del cielo, sino que mira a los lados para ver quién ha entrado en el templo con mangas cortas y sin medias…” [Cap. IX]
A veces parece mostrar cierta demencia. Quiere que todo vaya bien siempre, pero no puede evitar el fracaso de sus hijos.
Al final, tras el suicidio de Román, cuando llegan las dos hermanas casadas que, como la madre de Andrea, se marcharon de la casa, recibe reproches de gran crueldad. Su descendencia la culpabiliza de toda la ruina familiar, incluso Juan, que vive la muerte de Román con un dolor “impúdico, enloquecedor”:
“—Le malcriaste. Recuerda que le malcriabas, mamá. Así ha terminado…
—Siempre fue usted injusta, mamá. Siempre prefirió usted a sus hijos varones. ¿Se da usted cuenta de que tiene usted la culpa de este final?
—A nosotras no nos has querido nunca, mamá. Nos has despreciado. Nos has humillado. Siempre te hemos visto quejarte de tus hijas, que, sin embargo, no te han dado más que satisfacciones…; ahí, ahí tienes el pago de los varones, de los que tú mimabas…[…]
—Hijos, ¡yo os he querido a todos!
Yo no podía ver desde allí a la viejecilla, pero la imaginaba hundida en su mísera butaca.
—No hay más que ver la miseria de esta casa. Te han robado, te han despojado, y tú, ciega por ellos. Nunca nos has querido ayudar a nosotras cuando te lo hemos pedido. Ahora nuestra herencia se la ha llevado la trampa… Y para colmo, un suicidio en la familia…
—He acudido a los más desgraciados… A los que me necesitaban más.
—Y con este procedimiento los has acabado de hundir en la miseria. Pero ¿no te das cuenta del resultado? ¡Si al menos fueran ellos felices, aunque estuviéramos nosotras despojadas; pero, ya ves, lo que ha sucedido aquí prueba que tenemos razón!
—Y ese desgraciado Juan que nos escucha: ¡casado con una perdida, sin saber hacer nada de provecho, muerto de hambre! […]
—Juan, hijo mío —dijo la abuela—. Dime tú si tienen razón. Dime tú si crees también que eso es verdad…
Juan se volvió enloquecido.
—Sí, mamá, tienen razón… ¡Maldita seas! Y ¡malditos sean ellos todos!” [Cap. XXIII]
- En la casa familiar, aunque no tiene un papel protagonista, destaca la criada Antonia, siempre acompañada del perro Trueno. Es una mujer desagradable, descrita de modo esperpéntico, que causa repugnancia a Andrea. Aparece ante ella al llegar a la casa, en una escena descrita de modo esperpéntico:
“En toda aquella escena había algo angustioso, y en el piso un calor sofocante como si el aire estuviera estancado y podrido. Al levantar los ojos vi que habían aparecido varias mujeres fantasmales. Casi sentí erizarse mi piel al vislumbrar a una de ellas, vestida con un traje negro que tenía trazas de camisón de dormir. Todo en aquella mujer parecía horrible y desastrado, hasta la verdosa dentadura que me sonreía. La seguía un perro, que bostezaba ruidosamente, negro también el animal, como una prolongación de su luto. Luego me dijeron que era la criada, pero nunca otra criatura me ha producido impresión más desagradable”. [Cap. I]
Su presencia sirve para mostrar el entorno social y económico de la familia de la protagonista y el sufrimiento de la época: se trata de una familia acomodada de la burguesía barcelonesa venida a menos, arruinada. En el pasado testificó para impedir que Román, del que parece estar secretamente enamorada, muriera fusilado.
- Ena y Andrea se conocen en la Universidad y se hacen amigas. Representa la libertad y el desenfreno. Es una chica fuerte, joven, guapa, inteligente, independiente y de familia acomodada. Su personalidad extrovertida contrasta con la introspección de Andrea, sirviendo como un modelo de independencia, aunque también de superficialidad.
Desde el principio, Andrea idealiza a Ena y se siente atraída por su carisma:
“No era yo solamente quien sentía preferencia por Ena. Ella constituía algo así como un centro atractivo en nuestras conversaciones, que presidía muchas veces. Su malicia y su inteligencia eran proverbiales. Yo estaba segura de que si alguna vez me había tomado como blanco de sus burlas, realmente debería haber sido yo el hazmerreír de todo nuestro curso.
La miré desde lejos, con cierto rencor. Ena tenía una agradable y sensual cara, en la que relucían unos ojos terribles. Era un poco fascinante aquel contraste entre sus gestos suaves, el aspecto juvenil de su cuerpo y de su cabello rubio, con la mirada verdosa cargada de brillo y de ironía que tenían sus grandes ojos. [Cap. V]
Ena le trae a Andrea un mundo de luz que contrasta con su oscuridad (“Estos chorros de luz que recibía mi vida gracias a Ena, estaban amargados por el sombrío tinte con que se teñía mi espíritu otros días de la semana”), pero ella es consciente de que Ena no es solo “luz” (“Cada vez se me hacía más evidente el carácter maquiavélico de mi amiga. Casi me parecía despreciable…”). Andrea es, como siempre, espectadora y, en el caso de Ena, “escuchadora”:
“Me iba haciendo amiga suya gracias a este deseo de hablar que me había entrado; pero hablar y fantasear eran cosas que siempre me habían resultado difíciles, y prefería escuchar su charla, con una sensación como de espera, que me desalentaba y me parecía interesante al mismo tiempo”. [Cap. V]
Sin embargo, fue Ena quien se quiso acercar a Andrea al saber que era sobrina de un “violinista célebre”, Román, el hombre que sedujo y humilló a su madre en su juventud.
Al final, con su propuesta de trabajo en Madrid, Ena salva a Andrea de su casa y su familia.
- Entre los amigos, habría que distinguir los que pertenecen al grupo de Ena y los del grupo de bohemios. Se trata de una serie de personajes secundarios que representan la juventud desenfrenada y la búsqueda de placer en un mundo sombrío. Sirven para mostrar el contraste entre la vida de Andrea y las opciones de sus contemporáneos. Entre todos ellos, podemos señalar a Jaime, el novio de Ena, con quien Andrea hará excursiones los fines de semana; Iturdiaga, un escritor incipiente; Pons cortejará a Andrea y hará que se sienta como la heroína de un cuento al invitarla a una fiesta, pero la muchacha vivirá un desengaño al comprender que pertenecen a mundos completamente diferentes. Todos ellos son jóvenes de familias ricas, ambiciosos.
- Finalmente, Margarita, la madre de Ena, se confiesa con Andrea: de joven estuvo enamorada de Román, quien la humilló. Casada con Luis en un matrimonio arreglado por las familias, es feliz gracias a la maternidad. Y la conversación con este personaje, decidirá a Andrea a rescatar a su amiga del cuarto de Román.
Los temas presentes en esta novela son muchos y variados, aunque en general se refieren a la búsqueda de la libertad, el deseo de emancipación y el rechazo del amor romántico. Estos temas se entrelazan a lo largo de la narrativa, ofreciendo una profunda reflexión sobre la condición humana en un contexto marcado por la desilusión y la búsqueda de sentido.
La búsqueda de la libertad está unida al viaje iniciático: Andrea cambia de ciudad y eso supone un cambio de vida (“Era la primera vez que viajaba sola, pero no estaba asustada; por el contrario, me parecía una aventura agradable y excitante aquella profunda libertad en la noche”), y al final, su marcha a Madrid se convierte en una nueva oportunidad (“No tenía ahora las mismas ilusiones, pero aquella partida me emocionaba como una liberación”).
El tema de la emancipación de la mujer también aparece en la novela. Andrea es joven y soltera, va a la Universidad y deambula sola por las calles en contra de lo que se esperaba de una “mujer decente” en la época. A lo largo del relato y por parte de diferentes personajes sabemos que esto no estaba bien visto (por ejemplo, Angustias: “Estoy preocupada con que anoche vinieras sola desde la estación”, “Pero te gusta ir sola, hija mía, como si fueras un golfo. Expuesta a las impertinencias de los hombres.”; o Gerardo, el chico que la besa por primera vez y la trata con condescendencia: “me fue dando paternales consejos sobre mi conducta en lo sucesivo y sobre la conveniencia de no andar suelta y loca y de no salir sola con los muchachos”).
El que Andrea se empeñe en su independencia frente al modelo de “buena mujer” que imponía el franquismo y la denuncia implícita en el papel y la historia de Angustias, quien hipócritamente representa el discurso machista y patriarcal del régimen, imprimen a la novela una perspectiva feminista muy relevante para la época, en plenos años cuarenta.
El tema de las relaciones amorosas también está presente. Respecto al amor y a los hombres, Andrea tiene una actitud distante. Se relaciona con los bohemios en un plano de amistad e igualdad. Cuando Pons la invita a su fiesta, se siente como la Cenicienta, pero ella misma se dará cuenta de que todo es una ilusión. Al ser besada por Gerardo, siente asco, le empuja y echa a correr. La breve relación con Gerardo, “muy satisfecho de sí mismo”, ilustra el machismo de la época. Es interesante comprobar cómo Andrea refleja la condescendencia con la que Gerardo, que le parece “fastidioso” cuando se refiere a ella con diminutivos (“bonita”, “solita”, “peque”), la trata:
“—¡Hola, bonita!
Me dijo. Y luego, con un movimiento de cabeza como si yo fuera un perro:
—¡Vamos!
Me quedé un poco intimidada.
Echamos a andar uno al lado del otro. Gerardo hablaba tanto como el día en que le conocí. Me fijé que hablaba como un libro, citando a cada paso trozos de obras que había leído. Me dijo que yo era inteligente, que él lo era también. Luego, que él no creía en la inteligencia femenina. Más tarde, que Schopenhauer había dicho…”. [Cap. XII]
El beso de Gerardo, el primero de Andrea, y su actitud la llevan a reflexionar sobre la naturaleza de la mayoría de hombres de la época:
“En aquel momento me volvió a besar con suavidad. Tuve la sensación absurda de que me corrían sombras por la cara como en un crepúsculo y el corazón me empezó a latir furiosamente, en una estúpida indecisión, como si tuviera la obligación de soportar aquellas caricias. Me parecía que a él le sucedía algo extraordinario, que súbitamente se había enamorado de mí. Porque entonces era lo suficientemente atontada para no darme cuenta que aquél era uno de los infinitos hombres que nacen sólo para sementales y junto a una mujer no entienden otra actitud que ésta. Su cerebro y su corazón no llegan a más. Gerardo súbitamente me atrajo hacia él y me besó en la boca. Sobresaltada le di un empujón, y me subió una oleada de asco por la saliva y el calor de sus labios gordos. Le empujé con todas mis fuerzas y eché a correr. Él me siguió. Me encontró un poco temblorosa, tratando de reflexionar. Se me ocurrió pensar que quizás habría tomado mi apretón de manos como una prueba de amor.
—Perdóname, Gerardo —le dije con la mayor ingenuidad—, pero ¿sabes?…, es que yo no te quiero. No estoy enamorada de ti. Y me quedé aliviada de haberle explicado todo satisfactoriamente.
Él me cogió del brazo como quien recobra algo suyo y me miró de una manera tan grosera y despectiva que me dejó helada.
Luego, en el tranvía que tomamos para la vuelta, me fue dando paternales consejos sobre mi conducta en lo sucesivo y sobre la conveniencia de no andar suelta y loca y de no salir sola con los muchachos. Casi me pareció estar oyendo a tía Angustias”. [Cap. XII]
Las relaciones amorosas son complicadas y conflictivas. Ena, por ejemplo, confiesa querer muchísimo a su novio Jaime, pero también haberse sentido obsesionada por Román. Gloria recibe las palizas de Juan y duda si abandonarlo. Margarita encuentra la felicidad en la maternidad, pero no en el amor pasional o en el conyugal.
Otro de los temas centrales de la novela lo constituyen las consecuencias de la guerra en la vida de los personajes, aunque no se trata de modo directo. En el capítulo IV, en un extenso diálogo entre la abuela y Gloria que Andrea escucha adormecida por la fiebre y refleja de un modo directo (teatral), encontramos las alusiones más directas al pasado lejano de la familia, sobre todo de Juan y Román (mimados y unidos en la niñez), y al pasado más cercano de la guerra civil española. Aun así, las referencias son veladas, apenas alusiones: Román estuvo en el bando republicano como “espía” y estuvo preso al final (Antonia, la criada, declaró a su favor para que no fuera fusilado, por eso la mantienen en la casa); Juan se pasó de bando ganador al final de la guerra aconsejado por Román; don Jerónimo se escondió en la casa durante la guerra; Gloria estuvo evacuada en Tarragona, donde conoció a Juan, desde donde la llevó a la casa el propio Román (Gloria asegura que Román la pretendió) y luego tuvo a su hijo cuando entraron los nacionales en Barcelona… En todo caso, los personajes de la casa familiar sufren hambre y falta de empleo, de manera que Juan intenta vender sus cuadros, Román se dedica al contrabando y Gloria juega en garitos del Barrio chino, además de vender muebles al trapero. La miseria se observa también a través de los objetos y muebles, desperdigados por la casa, donde todo está sucio. Por otro lado, en el paisaje también están las huellas de la guerra, por lo que se interpreta que es parte de la vida cotidiana de los habitantes. Por ejemplo, desde la estación de tren hasta la casa de la calle Aribau, Andrea viaja en un coche de caballos que señala que «han vuelto a surgir después de la guerra», cuando pasea por el puerto la protagonista ve «los esqueletos oxidados de los buques hundidos en la guerra»; en la iglesia de
Santa María del Mar, ella observa «los vitrales rotos de las ventanas, entre las piedras que habían ennegrecido las llamas». Además, acorde con esa posguerra, los personajes experimentan una profunda soledad, el desencanto, la desesperanza y la frustración.
Por otra parte, la violencia es ejercida sobre todo por Juan y Román, los dos hermanos. Juan golpea ferozmente a Gloria y dedica gruesas palabras también a Andrea y Angustias. Su conducta se torna cada vez peor («La boca de Juan echaba espuma y sus ojos eran de esos que sólo se suelen ver en los manicomios. Cuando se cansó de pegar, se llevó las manos al pecho, como una persona que se ahoga, y luego le volvió a poseer una furia irracional contra las sillas de pino, la mesa, los cacharros…”). Román ejerce la violencia a través de la manipulación, la humillación y la cosificación (“¿Tú no te has dado cuenta de que yo los manejo a todos, de que dispongo de sus vidas…?”).
Uno de los sostenes más importantes para Andrea será la amistad. Al habitar en un medio hostil como el de la casa familiar, poder charlar y pasar tiempo con gente diferente a sus parientes supone un remanso de paz para la protagonista. Ena, su mejor amiga, tiene una importancia fundamental en su vida. Los momentos de felicidad están vinculados a la presencia de sus amigos (en la casa de Guíxols, Andrea señala: “A mí aquel ambiente «bohemio» me pareció muy confortable”) y su posible liberación proviene de la familia de Ena. Estas relaciones sirven también para mostrar las diferencias generacionales y las ideas tradicionales frente a la modernidad. La juventud busca nuevas oportunidades, mientras los mayores aparecen anclados al pasado.
- ESPACIOS Y AMBIENTES
Carmen Laforet utiliza los espacios y ambientes de manera efectiva para reflejar los estados emocionales de los personajes y el contexto social de la posguerra española.
Barcelona se convierte en una protagonista en sí misma, con su atmósfera vibrante y, a la vez, sombría. El paisaje urbano representa la modernidad y el caos, y simboliza las esperanzas y desilusiones de la juventud. Al principio Andrea siente entusiasmo (“haber llegado por fin a una ciudad grande, adorada en mis sueños por desconocida”) y mostrará la realidad de la ciudad a través de las impresiones que los diferentes lugares causan en ella. A lo largo del relato, los paseos por la ciudad serán momentos de libertad para la protagonista.
A su llegada, Andrea siente el palpitar de la gran ciudad de sus sueños:
“El olor especial, el gran rumor de la gente, las luces siempre tristes, tenían para mí un gran encanto, ya que envolvía todas mis impresiones en la maravilla de haber llegado por fin a una ciudad grande, adorada en mis ensueños por desconocida.
Empecé a seguir —una gota entre la corriente— el rumbo de la masa humana que, cargada de maletas, se volcaba en la salida. Mi equipaje era un maletón muy pesado —porque estaba casi lleno de libros— y lo llevaba yo misma con toda la fuerza de mi juventud y de mi ansiosa expectación.
Un aire marino, pesado y fresco, entró en mis pulmones con la primera sensación confusa de la ciudad: una masa de casas dormidas; de establecimientos cerrados; de faroles como centinelas borrachos de soledad. Una respiración grande, dificultosa, venía con el cuchicheo de la madrugada. Muy cerca, a mi espalda, enfrente de las callejuelas misteriosas que conducen al Borne, sobre mi corazón excitado, estaba el mar.
[…] Corrí aquella noche en el desvencijado vehículo, por anchas calles vacías y atravesé el corazón de la ciudad lleno de luz a toda hora, como yo quería que estuviese, en un viaje que me pareció corto y que para mí se cargaba de belleza.
El coche dio la vuelta a la plaza de la Universidad y recuerdo que el bello edificio me conmovió como un grave saludo de bienvenida”. [Cap. I]
Frente a la ciudad, la casa familiar es un lugar opresivo y asfixiante. La disposición de los espacios, con sus habitaciones oscuras y los objetos antiguos, contribuye a una sensación de claustrofobia y represión. El salón que sirve de habitación a Andrea no le permite tener intimidad ni refugio. El ambiente refleja las tensiones
familiares (el cuarto de Gloria es “como el cubil de una fiera” y el cuarto de Angustias “era duro como el cuerpo” de su dueña). Dentro del mundo familiar, destaca la buhardilla de Román, un mundo aparte, limpio y ordenado.
A su llegada, el mundo iluminado y rumoroso con olor a mar de la Barcelona de sus sueños, contrasta a ojos de Andrea con la gran casa oscura, decadente, ruinosa:
“Levanté la cabeza hacia la casa frente a la cual estábamos. Filas de balcones se sucedían iguales con su hierro oscuro, guardando el secreto de las viviendas. Los miré y no pude adivinar cuáles serían aquellos a los que en adelante yo me asomaría. Con la mano un poco temblorosa di unas monedas al vigilante y cuando él cerró el portal detrás de mí, con gran temblor de hierro y cristales, comencé a subir muy despacio la escalera, cargada con mi maleta.
Todo empezaba a ser extraño a mi imaginación; los estrechos y desgastados escalones de mosaico, iluminados por la luz eléctrica, no tenían cabida en mi recuerdo.
Ante la puerta del piso me acometió un súbito temor de despertar a aquellas personas desconocidas que eran para mí, al fin y al cabo, mis parientes y estuve un rato titubeando antes de iniciar una tímida llamada a la que nadie contestó. Se empezaron a apretar los latidos de mi corazón y oprimí de nuevo el timbre. Oí una voz temblona: «¡Ya va! ¡Ya va!».
Unos pies arrastrándose y unas manos torpes descorriendo cerrojos.
Luego me pareció todo una pesadilla.
Lo que estaba delante de mí era un recibidor alumbrado por la única y débil bombilla que quedaba sujeta a uno de los brazos de la lámpara, magnífica y sucia de telarañas, que colgaba del techo. Un fondo oscuro de muebles colocados unos sobre otros como en las mudanzas”. [Cap. I]
Entre los espacios exteriores, que reflejan la libertad de llevar una vida lejos del ambiente de la casa familiar, encontramos dos ámbitos sociales: los de la clase alta y los de clase baja. Entre los primeros se encuentran la casa de Ena, la Universidad y el estudio de Guíxols. En ellos Andrea se relaciona con jóvenes de clase alta y se sentirá feliz y cómoda. Entre los segundos, destaca su deambular por el Barrio chino, un lugar marginal, sobre el que su tía Angustias le había advertido.
Relacionado con la ciudad, pero también con las salidas que realiza con Jaime y Ena, el mar representa la inmensidad, la angustia y la felicidad. En la ciudad la sensación olfativa (“un aire marino, pesado y fresco”) representa espacios ilimitados y libres. En sus excursiones a la playa el mar es una fuente de alivio.
El olor del mar está siempre presente, también el color, incluso desde Montjuich, en una excursión en la que la narradora despliega su prosa poética:
“Caminamos por la calle de Cortes hasta los jardines de la Exposición. Una vez allí me empecé a distraer porque la tarde estaba azul y resplandecía en las cúpulas del palacio y en las blancas cascadas de las fuentes. Multitud de flores primaverales cabeceaban al viento, lo invadían todo con su llama de colores. Nos perdimos por los senderos del parque inmenso. […]
Fuimos hacia Miramar y nos acodamos en la terraza del restaurante para ver el Mediterráneo, que en el crepúsculo tenía reflejos de color de vino. El gran puerto parecía pequeño bajo nuestras miradas, que lo abarcaban a vista de pájaro. En las dársenas salían a la superficie los esqueletos oxidados de los buques hundidos en la guerra. A nuestra derecha yo adivinaba los cipreses del Cementerio del Sudoeste y casi el olor de melancolía frente al horizonte abierto del mar”. [Cap. XII]
Finalmente, los mundos que Andrea deseaba mantener separados (la calle Aribau y los espacios de clase alta) quedarán vinculados por el personaje de Ena, que se relacionará con Román.
Los cambios en los ambientes a lo largo de la novela también indican la evolución emocional de Andrea. A medida que avanza la trama, los espacios que antes parecían opresivos comienzan a transformarse en escenarios de autodescubrimiento.
Hay, además, un contraste entre el interior y el exterior. Este juego entre espacios cerrados y abiertos simboliza la lucha de Andrea entre la seguridad del hogar y el deseo de libertad, reforzando su búsqueda de identidad.
El contraste entre el espacio de Barcelona (la modernidad, la libertad: el sueño) con la casa de la calle Aribau (la decadencia, la opresión: la pesadilla) es evidente a lo largo de toda la novela:
“El hedor que se advertía en toda la casa llegó en una ráfaga más fuerte. Era un olor a porquería de gato. Sentí que me ahogaba y trepé en peligroso alpinismo sobre el respaldo de un sillón para abrir una puerta que aparecía entre cortinas de terciopelo y polvo. Pude lograr mi intento en la medida que los muebles lo permitían y vi que comunicaba con una de esas galerías abiertas que dan tanta luz a las casas barcelonesas. Tres estrellas temblaban en la suave negrura de arriba y al verlas tuve unas ganas súbitas de llorar, como si viera amigos antiguos, bruscamente recobrados.
Aquel iluminado palpitar de las estrellas me trajo en un tropel toda mi ilusión a través de Barcelona, hasta el momento de entrar en este ambiente de gentes y de muebles endiablados. Tenía miedo de meterme en aquella cama parecida a un ataúd. Creo que estuve temblando de indefinibles terrores cuando apagué la vela”.
- ESTRUCTURA Y ARGUMENTO
Nada se caracteriza por su estructura narrativa introspectiva y su enfoque en el desarrollo emocional de la protagonista, Andrea. Esta novela está estructurada en tres partes, cada una de las cuales refleja una etapa en el proceso de formación y evolución de Andrea:
- La primera parte (capítulos I-IX) va de octubre a febrero y se centra en la vida en la casa de la calle Aribau. Se inicia la etapa de Andrea en Barcelona. Se producen situaciones desagradables y violentas, entre las que destaca la relación entre la protagonista y la tía Angustias. Andrea sufre su vigilancia y la falta de libertad para descubrir la ciudad. Al concluir esta parte, la tía se marcha para ingresar en un convento y esto da la posibilidad a la muchacha de vivir libremente.
- La segunda parte (capítulos X-XVIII) va de marzo a junio. Andrea puede salir libremente del piso de Aribau y comienza sus experiencias en torno a la universidad. Descubre la amistad y nuevas vivencias con Ena y su familia, lo que aportará ilusión y positividad a la protagonista. Pero esta situación más cómoda se desvanece cuando Andrea descubre el punto de encuentro entre su casa en la calle Aribau y ese mundo exterior: la relación de Ena con el tío Román.
- La tercera parte (capítulos XIX-XXV) va de julio a septiembre y nos lleva a la resolución, aunque con un final abierto. Andrea afronta la vida con cierta seguridad y frialdad. Es confidente de la madre de Ena, quien le cuenta su relación en el pasado con Román y su angustia ante la posibilidad de una relación entre él y su hija Ena. A veces Andrea muestra su cansancio ante la vida, especialmente tras el suicidio de Román, que lo ensombrece todo, además de intensificar la decadencia y el caos en la casa de la calle Aribau. Finalmente, Andrea decide abandonar Barcelona invitada por la familia de Ena a trasladarse a Madrid.
La estructura de la novela (que se desarrolla durante un curso académico y durante la posguerra) permite que el lector experimente el conflicto interno de Andrea. Los capítulos son cortos y están cargados de descripciones que transmiten la angustia y la soledad de la protagonista. A medida que avanza la historia, se revelan los traumas y las historias personales de los personajes, añadiendo profundidad al relato.
El clímax se produce cuando Andrea enfrenta las realidades dolorosas de su vida familiar, lo que la lleva a replantearse su futuro y su deseo de escapar de esa opresión. El desenlace es abierto, dejando al lector con un sentido de incertidumbre sobre el camino que tomará Andrea, pero hay detalles recurrentes que señalan una estructura circular: la maleta atada con una cuerda (que sirve para mostrar la miseria de la posguerra) y el sentimiento, la “viva emoción” y “el anhelo de vida” con que subió las escaleras de la casa familiar por primera vez y que vuelve a sentir al marcharse.
En resumen, Nada se construye a través de la exploración de la vida interior de Andrea, con una estructura que resalta su búsqueda de identidad y libertad en medio de un entorno familiar y social hostil. La novela invita a reflexionar sobre la condición humana, la soledad y el deseo de autodefinición.
- ELEMENTOS DE ESTILO Y CARACTERÍSTICAS FORMALES
Carmen Laforet utiliza una variedad de elementos de estilo y características formales en que enriquecen la narrativa y profundizan en la psicología de los personajes. En general se trata de un estilo sencillo y sobrio, en el que predomina la descripción, tanto impresionista (ya que los objetos son descritos como la protagonista los percibe) como expresionista (en los personajes):
Narración en primera persona
La historia es contada desde la perspectiva de Andrea, lo que permite al lector acceder íntimamente a sus pensamientos y emociones. Esta elección narrativa crea una conexión profunda entre la protagonista y el lector, pero también crea una visión subjetiva y limitada de la realidad. Como el relato está escrito en un futuro en que Andrea tiene mayor madurez, no recrea simplemente sus recuerdos, sino que también critica sus actuaciones y reacciones (“creo que yo en aquel tiempo necesitaba su apoyo” o “mi pena de chiquilla enamorada no merecía tanto aparato”).
Prosa poética
Laforet emplea un estilo lírico y evocador, lleno de descripciones que retratan no solo los espacios físicos, sino también el estado emocional de Andrea. Las imágenes sensoriales son una constante, proporcionando un ambiente envolvente. La casa de la calle Aribau, por ejemplo, no solo se describe físicamente, sino que adquiere una dimensión emocional que refleja el malestar de Andrea. El uso de la prosa poética también se manifiesta en el ritmo de la narración. Laforet juega con las frases largas y cadenciosas, que a menudo imitan el ritmo de la poesía. Esto ralentiza la lectura en ciertos momentos, forzando al lector a detenerse y reflexionar sobre los estados emocionales y las atmósferas que describe.
La prosa poética intenta apresar los recuerdos:
“Me viene ahora el recuerdo de las noches en la calle de Aribau. Aquellas noches que corrían como un río negro, bajo los puentes de los días, y en las que los olores estancados despedían un vaho de fantasmas.
Me acuerdo de las primeras noches otoñales y de mis primeras inquietudes en la casa, avivadas con ellas. De las noches de invierno con sus húmedas melancolías: el crujido de una silla rompiendo el sueño y el escalofrío de los nervios al encontrar dos pequeños ojos luminosos —los ojos del gato— clavados en los míos. En aquellas heladas horas hubo algunos momentos en que la vida rompió delante de mis ojos todos sus pudores y apareció desnuda, gritando intimidades tristes, que para mí eran sólo espantosas. Intimidades que la mañana se encargaba de borrar, como si nunca hubieran existido… Más tarde vinieron las noches de verano. Dulces y espesas noches mediterráneas sobre Barcelona, con su dorado zumo de luna, con su húmedo olor de nereidas que peinasen cabellos de agua sobre las blancas espaldas, sobre la escamosa cola de oro… En alguna de esas noches calurosas, el hambre, la tristeza y la fuerza de mi juventud me llevaron a un delirio de sentimiento, a una necesidad física de ternura, ávida y polvorienta como la tierra quemada presintiendo la tempestad”. [Cap. XVIII]
La prosa poética se detiene en los sonidos, los rumores, generalmente unidos a la vida de la ciudad y siempre
asociados a los olores:
“Los primeros tranvías empezaban a cruzar la ciudad, y amortiguado por la casa cerrada, llegó hasta mí el tintineo de uno de ellos, como en aquel verano de mis siete años, cuando mi última visita a los abuelos. Inmediatamente tuve una percepción nebulosa, pero tan vívida y fresca como si me la trajera el olor de una fruta recién cogida, de lo que era Barcelona en mi recuerdo: este ruido de los primeros tranvías, cuando tía Angustias cruzaba ante mi camita improvisada para cerrar las persianas que dejaban pasar ya demasiada luz. O por las noches, cuando el calor no me
dejaba dormir y el traqueteo subía la cuesta de la calle de Aribau, mientras la brisa traía olor a las ramas de los plátanos, verdes y polvorientos, bajo el balcón abierto. Barcelona era también unas aceras anchas, húmedas de riego, y mucha gente bebiendo refrescos en un café… […]
Sin abrir los ojos sentí otra vez una oleada venturosa y cálida. Estaba en Barcelona. Había amontonado demasiados sueños sobre este hecho concreto para no parecerme un milagro aquel primer rumor de la ciudad diciéndome tan claro que era una realidad verdadera como mi cuerpo, como el roce áspero de la manta sobre mi mejilla”. [Cap. II]
Las comparaciones poéticas son imágenes muy poderosas para captar voces (“Su voz venía cargada de agua, como las nubes hinchadas de primavera”; “Algo ronco le subía a Angustias por la garganta, como a un gato el placer”) o sensaciones, como el calor (“Sobre mí el calor lanzaba su aliento irritante como jugo de ortigas”). Las imágenes poéticas intentan captar el cielo estrellado del verano (“…el cielo se descargaba en una apretada lluvia de estrellas sobre las azoteas”) o el olor y las sensaciones del otoño:
“El tiempo era húmedo y aquella mañana tenía olor a nubes y a neumáticos mojados… Las hojas lacias y amarillentas caían en una lenta lluvia desde los árboles. Una mañana de otoño en la ciudad, como yo había soñado durante años que sería en la ciudad el otoño: bello, con la naturaleza enredada en las azoteas de las casas y en los troles de los tranvías”. [Cap. IV]
La prosa poética también se despliega para describir la ciudad, como la Vía Layetana en una noche de verano:
“La misma vía Layetana, con su suave declive desde la plaza de Urquinaona, donde el cielo se deslustraba con el color rojo de la luz artificial, hasta el gran edificio de Correos y el puerto, bañados en sombras, argentados por la luz estelar sobre las llamas blancas de los faroles, aumentaba mi perplejidad.
Oí, gravemente, sobre el aire libre de invierno, las campanadas de las once formando un concierto que venía de las torres de las iglesias antiguas.
La vía Layetana, tan ancha, grande y nueva, cruzaba el corazón del barrio viejo. Entonces supe lo que deseaba: quería ver la catedral envuelta en el encanto y el misterio de la noche. Sin pensarlo más me lancé hacia la oscuridad de las callejas que la rodean. Nada podía calmar y maravillar mi imaginación como aquella ciudad gótica naufragando entre húmedas casas construidas sin estilo en medio de sus venerables sillares, pero a las que los años habían patinado también con un encanto especial, como si se hubieran contagiado de belleza.
El frío parecía más intenso encajonado en las calles torcidas. Y el firmamento se convertía en tiras abrillantadas entre las azoteas casi juntas. Había una soledad impresionante, como si todos los habitantes de la ciudad hubiesen muerto. Algún quejido del aire en las puertas palpitaba allí. Nada más”. [Cap. X]
También se aprecia la poesía en la descripción de la catedral:
“Una fuerza más grande que la que el vino y la música habían puesto en mí me vino al mirar el gran corro de sombras de piedra fervorosa. La catedral se levantaba en una armonía severa, estilizada en formas casi vegetales, hasta la altura del limpio cielo mediterráneo. Una paz, una imponente claridad, se derramaba de la arquitectura maravillosa. En derredor de sus trazos oscuros resaltaba la noche brillante, rodando lentamente al compás de las horas. Dejé que aquel profundo hechizo de las formas me penetrara durante unos minutos. Luego di la vuelta para marcharme”. [Cap. X]
Diálogos realistas
Los diálogos reflejan las dinámicas familiares y sociales. A través de ellos, se revela la complejidad de las relaciones y los conflictos internos de los personajes. Estos diálogos se caracterizan por su naturalidad y variedad de voces, reflejan conversaciones cotidianas donde cada personaje tiene su propio estilo de hablar, lo que permite que sus personalidades y emociones se expresen de manera única. Por ejemplo, el tono autoritario de Angustias contrasta con la despreocupación de Ena. Las tensiones y conflictos familiares se revelan a través de los diálogos o de la incomunicabilidad, es decir, la incapacidad de los personajes para comunicarse de manera efectiva. Esta falta de entendimiento resalta la soledad y el aislamiento de Andrea.
Entre los diálogos destaca el que se produce entre la abuela y Gloria, escrito como si fuera un texto teatral, cuando Andrea escucha semiinconsciente (“En mi cabeza, un poco dolorida, se mezclaban las dos voces en una cantinela con fondo de lluvia y me adormecían”). Esta irrupción teatral se produce en el capítulo IV y constituye el momento en que se aborda de un modo más concreto, aunque de una forma fragmentaria e indirecta (domina
el punto de vista de Gloria), el pasado lejano (la preferencia de la abuela por Román y Juan desde niños) y el más inmediato de la guerra civil española.
Puede también observarse la espontaneidad en los diálogos a través del uso de apelativos, expresiones insultantes (“¡Canalla!”, “¡Loco!”), o el uso del catalán a pesar de que estaba prohibido utilizarlo públicamente (Andrea utiliza “camàlic” para llamar al mozo de cuerda y cuando habla la hermana de Gloria se dirige a la protagonista en catalán: “Pobreta… Entra, entra, Vols una mica d’aiguardent, nena? Què delicadeta ets, noia”).
Uso de la elipsis
Laforet utiliza la elipsis para omitir información y crear un sentido de misterio. Este recurso contribuye a la sensación de estar “incompleta” que experimenta Andrea. La omisión de detalles concretos sobre su madre y su historia familiar crea un sentido de vacío y confusión en Andrea, reflejando su propia lucha interna por entender su pasado y su identidad. Esta técnica invita al lector a llenar esos vacíos con su propia interpretación, aumentando la profundidad emocional de la novela. La elipsis se convierte así en un recurso poderoso que permite explorar el trauma y la memoria sin necesidad de detallar cada evento, lo que contribuye a la atmósfera de desasosiego que caracteriza la obra.
Frecuentes analepsis
La inclusión de recuerdos y reflexiones de Andrea permite explorar su pasado y el impacto de su historia familiar en su presente (“como en aquel verano de mis siete años, cuando mi última visita a los abuelos”, “lo que era Barcelona en mi recuerdo: este ruido de los primeros tranvías, cuando tía Angustias cruzaba ante mi camita improvisada”). Estos momentos de introspección añaden profundidad al carácter de la protagonista.
Simbolismo
La autora utiliza símbolos a lo largo de la novela, como el mar, que representa tanto la libertad como la angustia. Cuando desea ser querida como la Cenicienta del cuento, serán los zapatos los que delatarán su pobreza y le harán perder la esperanza (“Quizá había estropeado todo la mirada primera que dirigió su madre a mis zapatos…”). Llega a Barcelona de noche y se va de la ciudad al amanecer, como si el año entero pudiera encerrarse o compararse con una sola noche, en la que se siente temor hasta el amanecer, que representa el comienzo. Algunos nombres, como Angustias o Gloria también pueden interpretarse simbólicamente. El agua de la ducha y la lluvia provocan una catarsis en el personaje (“¡Qué alivio el agua helada sobre mi cuerpo!”, “Arriba estaba Román tendido, sangriento (…). La ducha seguía cayendo sobre mí en frescas cataratas inagotables”). Estos elementos enriquecen la interpretación de la obra y los conflictos internos de Andrea.
Estructura fragmentaria
La novela presenta una estructura que no sigue una línea narrativa lineal, sino que la autora mezcla escenas aisladas (a veces sin transición clara entre ellas) con recuerdos del pasado, lo que refleja la confusión, la incertidumbre y el desorden emocional de la protagonista.
Descripciones del entorno
Laforet presta especial atención a la ambientación, describiendo Barcelona con una mezcla de belleza y decadencia (alrededor de la Catedral, en la escalinata “apretándose contra ella, un conjunto de casas viejas que la guerra había convertido en ruinas” o el gran puerto, en cuyas dársenas “salían a la superficie los esqueletos oxidados de los buques hundidos en la guerra”). Esta dualidad del entorno urbano refuerza el sentimiento de desilusión y búsqueda de identidad.
Tono melancólico
La novela refleja la desilusión y la tristeza que permea la vida de Andrea y sus seres queridos. Esta atmósfera melancólica invita a la reflexión sobre la condición humana.
Expresionismo y animalización
En numerosas ocasiones la comparación de los seres humanos con animales. Los personajes del entorno familiar, sobre todo los varones, están impregnados de bestialidad. El personaje de Juan, de un modo irracional “hacía muecas nerviosas mordiéndose las mejillas”, y durante todo el relato agrede violentamente a Gloria, con quien ejerce todo tipo de maltrato, psicológico y físico (“Juan no quiere que yo duerma. Dice que soy una bestia que no hago más que dormir cuando su hermano aúlla de dolor (…) No, Andrea, no es cosa de risa despertarse medio ahogada con las manos de un hombre en la garganta. Dice que soy un cerdo”). Román, antes de suicidarse, llega a morder al perro.
A lo largo de la novela, las descripciones de los personajes en el entorno de la casa familiar recurren a la animalización:
- Las amigas de Angustias acuden a la casa “como una bandada de cuervos posados en las ramas del árbol del ahorcado”. Al finalizar la escena de la visita, la narradora, en una acotación entre paréntesis, insiste en esa grotesca visión:
“La verdad es que eran como pájaros envejecidos y oscuros, con las pechugas palpitantes de haber volado mucho en un trozo de cielo muy pequeño”.
- La abuela se asemeja a un ratoncillo (“… escuché los pasos de la abuelita, nerviosa y esperanzada como un ratoncillo, husmeando en el prohibido mundo de la cocina”); don Jerónimo, a un cerdo (“Sus ojos oscuros, casi sin blanco, me recordaron a los de los cerdos que criaba Isabel en el pueblo”); Gloria, a una serpiente, tal vez como una alusión al símbolo de la tentación bíblica femenina:
“Gloria, la mujer serpiente, durmió enroscada en su cama hasta el mediodía, rendida y gimiendo en sueños”.
- La casa familiar de la calle Aribau, en la que los personajes conviven con un “gato despeluzado”, el loro de Román y el perro de Antonia, es un personaje más, por lo que es personificada, y recuerda también a un animal:
“La casa se quedó llena de eco, gruñendo como un animal viejo”.
- La familia en sí, en consonancia con la casa que habita, tiene un aire animal, gatuno:
“Vi, sobre el sillón al que yo me había subido la noche antes, un gato despeluzado que lamía sus patas al sol. El bicho parecía ruinoso, como todo lo que le rodeaba. Me miró con sus grandes ojos al parecer dotados de individualidad propia; algo así como si fueran unos lentes verdes y brillantes colocados sobre el hociquillo y sobre los bigotes canosos. Me restregué los párpados y volví a mirarle. Él enarcó el lomo y se le marcó el espinazo en su flaquísimo cuerpo. No pude menos de pensar que tenía un singular aire de familia con los demás personajes de la casa; como ellos, presentaba un aspecto excéntrico y resultaba espiritualizado, como consumido por ayunos largos, por la falta de luz y quizá por las cavilaciones”. [Cap. II]
- La familia, descrita con ese aspecto excéntrico y ruinoso que se asemeja al “gato espeluzado”, acaba, ya en el penúltimo capítulo, cuando se reúnen todos, incluidas las hermanas casadas, componiendo un cuadro grotesco, digno del expresionismo más crudo, aludiendo nuevamente a una bandada de cuervos. Juan maldice a su madre y a todos y…:
“Entonces todo el cuarto se removió con batir de alas, graznidos. Chillidos histéricos”.
La narradora refleja la realidad de la familia, asimilada a la casa de la calle Aribau, con una perspectiva oscura, grotesca, distorsionada con un dramatismo esperpéntico que se apoya en descripciones expresionistas:
- La primera visión de la casa que tiene Andrea es espeluznante, comenzando con la figura “descarnada” de Juan y la visión “fantasmal” de las mujeres de la casa:
En cuanto él me dio unos golpecitos en el hombro y me llamó sobrina, la abuelita me echó los brazos al cuello con los ojos claros llenos de lágrimas y dijo «pobrecita» muchas veces.
En toda aquella escena había algo angustioso, y en el piso un calor sofocante como si el aire estuviera estancado y podrido. Al levantar los ojos vi que habían aparecido varias mujeres fantasmales. Casi sentí erizarse mi piel al vislumbrar a una de ellas, vestida con un traje negro que tenía trazas de camisón de dormir. Todo en aquella mujer parecía horrible y desastrado, hasta la verdosa dentadura que me sonreía. La seguía un perro, que bostezaba ruidosamente, negro también el animal, como una prolongación de su luto. Luego me dijeron que era la criada, pero nunca otra criatura me ha producido impresión más desagradable.
Detrás de tío Juan había aparecido otra mujer flaca y joven con los cabellos revueltos, rojizos, sobre la aguda cara blanca y una languidez de sábanas colgada, que aumentaba la penosa sensación del conjunto.
Yo estaba aún, sintiendo la cabeza de la abuela sobre mi hombro, apretada por su abrazo y todas aquellas figuras me parecían igualmente alargadas y sombrías. Alargadas, quietas y tristes, como luces de un velatorio de pueblo”. [Cap. I]
- El cuarto de baño brinda una de las primeras descripciones espaciales de la novela con un aire de terror gótico:
“Parecía una casa de brujas aquel cuarto de baño. Las paredes tiznadas conservaban la huella de manos ganchudas, de gritos de desesperanza. Por todas partes los desconchados abrían sus bocas desdentadas rezumantes de humedad. Sobre el espejo, porque no cabía en otro sitio, habían colocado un bodegón macabro de besugos pálidos y cebollas sobre fondo negro. La locura sonreía en los grifos torcidos. Empecé a ver cosas extrañas como los que están borrachos”. [Cap. I]
- En un momento de duermevela azuzado por la fiebre, Andrea percibe una realidad distorsionada aterradora:
“… la fiebre que me iba subiendo me atontaba. Tenía escalofríos y Angustias me hizo acostar. Mi cama estaba húmeda, los muebles, en la luz grisácea, más tristes, monstruosos y negros. Cerré los ojos y vi una rojiza oscuridad detrás de los párpados. Luego, la imagen de Gloria en la clínica, apoyada, muy blanca, contra el hombro de Juan, distinto y enternecido, sin aquellas sombras grises en las mejillas…
Estuve con fiebre varios días. Una vez recuerdo que vino a verme Antonia con su peculiar olor a ropa negra y su cara se mezcló a mis sueños afilando un largo cuchillo”. [Cap. IV]
- El “cuadro” de Antonia tirada en el suelo tras descubrir el suicidio de Román, es digno de “pintura negra” goyesca. Es una visión patética, entre el dramatismo y la mueca:
“Jamás había oído gritar de aquella manera en la casa de la calle de Aribau. Era un chillido lúgubre, de animal enloquecido, el que me hizo sentarme en la cama y luego saltar de ella temblando.
Encontré a la criada, Antonia, tirada en el suelo del recibidor, con las piernas abiertas en una pataleta trágica, enseñando sus negruras interiores, y con las manos engarabitadas sobre los ladrillos. La puerta de la calle estaba abierta de par en par y empezaban a asomarse algunas caras curiosas de los vecinos. Al pronto tuve sólo una visión cómica de la escena, tan aturdida estaba”. [Cap. XXII]
- Al final, cuando se reúne toda la familia y explotan todas las miserias (penúltimo capítulo), el esperpento
es la única forma de descripción:
“Me paré en la puerta, porque entonces todo hería mis ojos: la luz y la penumbra. El cuarto estaba casi a oscuras, con olor a flores de trapo. Bultos grandes, de humanidades bien cebadas, se destacaban en la oscuridad dando sus olores corporales apretados por el verano”.
En ese “aquelarre” final, la propia narradora alude a la pintura de Goya, antecedente del expresionismo y, por ende, del esperpento:
“Poco a poco las caras se iban perfilando, ganchudas o aplastadas, como en un capricho de Goya. Aquellos enlutados parecían celebrar un extraño aquelarre”.
Estos elementos de estilo y características formales hacen de Nada una obra rica y compleja, donde la prosa de Laforet no solo narra una historia, sino que también invita a una profunda reflexión sobre la vida, la soledad y la búsqueda de significado.