El arte de matar dragones, de Zhuangzi o Chuang Tzu (369 a.C.-286 a. C.)

Zhu Pingman fue a Zhili Yi para aprender a matar dragones. Estudió tres años y gastó casi toda su fortuna hasta conocer a fondo la materia.

Pero había tan pocos dragones que Zhu no encontró dónde practicar su arte.

                – El dedo, de Feng Meng-lung (1574.1646):

Un hombre pobre se encontró en su camino a un antiguo amigo. Éste tenía un poder sobrenatural que le permitía hacer milagros. Como el hombre pobre se quejara de las dificultades de su vida, su amigo tocó con el dedo un ladrillo que de inmediato se convirtió en oro. Se lo ofreció al pobre, pero éste se lamentó de que eso era muy poco. El amigo tocó un león de piedra que se convirtió en un león de oro macizo y lo agregó al ladrillo de oro. El amigo insistió en que ambos regalos eran poca cosa.

-¿Qué más deseas, pues? -le preguntó sorprendido el hacedor de prodigios.

-¡Quisiera tu dedo! -contestó el otro.

                – Milagro, de Voltaire (1694-1778):

Un pequeño monje estaba tan acostumbrado a hacer milagros que el prior le prohibió ejercer su talento. El pequeño monje obedeció; pero al ver que un pobre albañil se caía de lo alto de un tejado, dudó entre el deseo de salvarle la vida y la santa obediencia. Mandó al albañil que se quedara en el aire hasta nueva orden, y corrió velozmente a contar a su prior el estado de la situación. El prior le perdonó el pecado que había cometido al comenzar un milagro sin su permiso, pero le permitió acabarlo con tal de que aquello no continuara y no volviera a repetirse.

                – Congreso de los ratones, de Félix Mª Samaniego (1745-1801)

Desde el gran Zapirón, el blanco y rubio,

Que después de las aguas del diluvio

Fue padre universal de todo gato,

Ha sido Miauragato

Quien más sangrientamente

Persiguió a la infeliz ratona gente.

Lo cierto es que, obligada

De su persecución la desdichada,

En Ratópolis tuvo su congreso.

Propuso el elocuente Roequeso

Echarle un cascabel, y de esa suerte

Al ruido escaparían de la muerte.

El proyecto aprobaron uno a uno,

¿Quién lo ha de ejecutar? eso ninguno.

«Yo soy corto de vista. Yo muy viejo.

Yo gotoso», decían. El concejo

Se acabó como muchos en el mundo.

Proponen un proyecto sin segundo:

Lo aprueban: hacen otro. ¡Qué portento!

Pero ¿la ejecución? Ahí está el cuento.

Historia de los dos que soñaron, de Gustavo Weil (1808-1889):

Cuentan los hombres dignos de fe (pero sólo Alá es omnisciente y poderoso y misericordioso y no duerme) que hubo en El Cairo un hombre poseedor de riquezas, pero tan magnánimo y liberal que todas las perdió, menos la casa de su padre, y que se vio forzado a trabajar para ganarse el pan. Trabajó tanto que el sueño lo rindió debajo de una higuera de su jardín y vio en el sueño a un desconocido que le dijo:

-Tu fortuna está en Persia, en Isfaján; vete a buscarla.

A la madrugada siguiente se despertó y emprendió el largo viaje y afrontó los peligros de los desiertos, de los idólatras, de los ríos, de las fieras y de los hombres. Llegó al fin a Isfaján, pero en el recinto de esa ciudad lo sorprendió la noche y se tendió a dormir en el patio de una mezquita. Había, junto a la mezquita, una casa y por el decreto de Dios Todopoderoso una pandilla de ladrones atravesó la mezquita y se metió en la casa, y las personas que dormían se despertaron y pidieron socorro. Los vecinos también gritaron, hasta que el capitán de los serenos de aquel distrito acudió con sus hombres y los bandoleros huyeron por la azotea. El capitán hizo registrar la mezquita y en ella dieron con el hombre de El Cairo y lo llevaron a la cárcel. El juez lo hizo comparecer y le dijo:

-¿Quién eres y cuál es tu patria?

El hombre declaró:

-Soy de la ciudad famosa de El Cairo y mi nombre es Yacub El Magrebí.

El juez le preguntó:

-¿Qué te trajo a Persia?

El hombre optó por la verdad y le dijo:

-Un hombre me ordenó en un sueño que viniera a Isfaján, porque ahí estaba mi fortuna. Ya estoy en Isfaján y veo que la fortuna que me prometió ha de ser esta cárcel.

El juez echó a reír.

-Hombre desatinado -le dijo-, tres veces he soñado con una casa en la ciudad de El Cairo, en cuyo fondo hay un jardín. Y en el jardín un reloj de sol y después del reloj de sol, una higuera, y bajo la higuera un tesoro. No he dado el menor crédito a esa mentira. Tú, sin embargo, has errado de ciudad en ciudad, bajo la sola fe de tu sueño. Que no vuelva a verte en Isfaján. Toma estas monedas y vete.

El hombre las tomó y regresó a la patria. Debajo de la higuera de su casa (que era la del sueño del juez) desenterró el tesoro. Así Dios le dio bendición y lo recompensó y exaltó. Dios es el Generoso, el Oculto.

                – Un creyente, de George Loring Frost (siglo XIX):

Al caer la tarde, dos desconocidos se encuentran en los oscuros corredores de una galería de cuadros. Con un ligero escalofrío, uno de ellos dijo:

-Este lugar es siniestro. ¿Usted cree en fantasmas?

-Yo no -respondió el otro-. ¿Y usted?

-Yo sí -dijo el primero, y desapareció.

                – Una viuda inconsolable, de Ambrose Bierce (1842-1914):

Una mujer con gasas de luto lloraba sobre una tumba.

—Consuélese, señora —dijo un simpático forastero—. La misericordia del cielo es infinita. Habrá otro hombre en alguna parte, además de su marido, que todavía pueda hacerla feliz.

—Había —sollozó la mujer—, había, pero esta es su tumba.

                – La verdad sobre Sancho Panza, de Franz Kafka(1883-1924):

Sancho Panza, que por lo demás nunca se jactó de ello, logró, con el correr de los años, mediante la composición de una cantidad de novelas de caballería y de bandoleros, en horas del atardecer y de la noche, apartar a tal punto de sí a su demonio, al que luego dio el nombre de don Quijote, que este se lanzó irrefrenablemente a las más locas aventuras, las cuales empero, por falta de un objeto predeterminado, y que precisamente hubiese debido ser Sancho Panza, no hicieron daño a nadie. Sancho Panza, hombre libre, siguió impasible, quizás en razón de un cierto sentido de la responsabilidad, a don Quijote en sus andanzas, alcanzando con ello un grande y útil esparcimiento hasta su fin.

                – Equivocación, de Karel Capek (1890-1938):

Nos embarcamos en el Mediterráneo. Es tan bellamente azul que uno no sabe cuál es el cielo y cuál el mar, por lo que en todas partes de la costa y de los barcos hay letreros que indican en dónde es arriba y en dónde abajo; de otro modo uno puede confundirse. Para no ir más lejos, el otro día, nos contó el capitán que un barco se equivocó, y en lugar de seguir por el mar puso rumbo al cielo; y como el cielo es infinito no ha regresado aún, y nadie sabe en dónde está.

                – Tabú, de Enrique Aderson Imbert (1910-2000):

El ángel de la guarda le susurra a Fabián, por detrás del hombro:

-¡Cuidado, Fabián! Está dispuesto que mueras en cuanto pronuncies la palabra zangolotino.

-¿Zangolotino?  -pregunta Fabián azorado.

Y muere.

FIN

Por Littera

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