Tres mujeres fueron transformadas en flores y estaban en el campo, pero una de ellas podía pasar la noche en casa. Al acercarse el día, ella dijo a su marido que tenía que volver con sus compañeras al campo y convertirse otra vez en flor:

— Pero si tú vas antes de mediodía y me cortas, me veré libre del encantamiento y estaré contigo siempre en casa.

Y así sucedió. Pero ahora viene la pregunta: ¿Cómo la reconoció su marido si las tres flores eran iguales y no había diferencia entre ellas?

Respuesta: como ella pasaba la noche en su casa y no se quedaba en el campo, el rocío no caía sobre ella como sobre las otras dos, y así la reconoció su marido.

Donde dice:

La maté porque era mía.

Debe decir:

La maté porque no era mía.

Un anciano llamado Chunglang, que quiere decir «Maese La Roca», tenía una pequeña propiedad en la montaña. Sucedió cierto día que se le escapó uno de sus caballos y los vecinos se acercaron a manifestarle su condolencia.

Sin embargo el anciano replicó:

-¡Quién sabe si eso ha sido una desgracia!

Y hete aquí que varios días después el caballo regresó, y traía consigo toda una manada de caballos cimarrones. De nuevo se presentaron los vecinos y lo felicitaron por su buena suerte.

Pero el viejo de la montaña les dijo:

-¡Quién sabe si eso ha sido un suceso afortunado!

Como tenían tantos caballos, el hijo del anciano se aficionó a montarlos, pero un día se cayó y se rompió una pierna. Otra vez los vecinos fueron a darle el pésame, y nuevamente les replicó el viejo:

-¡Quién sabe si eso ha sido una desgracia!

Al año siguiente se presentaron en la montaña los comisionados de «los Varas Largas». Reclutaban jóvenes fuertes para mensajeros del emperador y para llevar su litera. Al hijo del anciano, que todavía estaba impedido de la pierna, no se lo llevaron.

Chunglang sonreía.

-Érase una vez una niña que se llamaba Caperucita Amarilla.

-¡No, Roja!

-¡Ah!, sí, Caperucita Roja. Su mamá la llamó y le dijo: “Escucha, Caperucita Verde…”

-¡Que no, Roja!

-¡Ah!, síRoja. “Ve a casa de tía Diomira a llevarle esta piel de papa”.

-No: “Ve a casa de la abuelita a llevarle este pastel”.

-Bien. La niña se fue al bosque y se encontró una jirafa.

-¡Qué lío! Se encontró al lobo, no una jirafa.

-Y el lobo le preguntó: “¿Cuántas son seis por ocho?”

-¡Qué va! El lobo le preguntó: “¿Adónde vas?”

-Tienes razón. Y Caperucita Negra respondió…

-¡Era Caperucita Roja, Roja, Roja!

-Sí. Y respondió: “Voy al mercado a comprar salsa de tomate”.

-¡Qué va!: “Voy a casa de la abuelita, que está enferma, pero no recuerdo el camino”.

-Exacto. Y el caballo dijo…

-¿Qué caballo? Era un lobo

-Seguro. Y dijo: “Toma el tranvía número setenta y cinco, baja en la plaza de la Catedral, tuerce a la derecha, y encontrarás tres peldaños y una moneda en el suelo; deja los tres peldaños, recoge la moneda y cómprate un chicle”.

-Tú no sabes contar cuentos en absoluto, abuelo. Los enredas todos. Pero no importa, ¿me compras un chicle?

-Bueno, toma la moneda.

Y el abuelo siguió leyendo el periódico.

Allá en tiempos muy remotos, un día de los más calurosos del invierno, el Director de la Escuela entró sorpresivamente al aula en que el Grillo daba a los Grillitos su clase sobre el arte de cantar, precisamente en el momento de la exposición en que les explicaba que la voz del Grillo era la mejor y la más bella entre todas las voces, pues se producía mediante el adecuado frotamiento de las alas contra los costados, en tanto que los pájaros cantaban tan mal porque se empeñaban en hacerlo con la garganta, evidentemente el órgano del cuerpo humano menos indicado para emitir sonidos dulces y armoniosos.

Al escuchar aquello, el Director, que era un Grillo muy viejo y muy sabio, asintió varias veces con la cabeza y se retiró, satisfecho de que en la Escuela todo siguiera como en sus tiempos.

Traedme el caballo más veloz -pidió el hombre honrado-. Acabo de decirle la verdad al rey.

Yo ejercía entonces la medicina en Humahuaca. Un tarde me trajeron un niño descalabrado; se había caído por el precipicio de un cerro. Cuando para revisarlo le quité el poncho vi dos alas. Las examiné: estaban sanas. Apenas el niño pudo hablar le pregunté:

-¿Por qué no volaste, m’hijo, al sentirte caer?

-¿Volar? -me dijo- ¿Volar, para que la gente se ría de mí?

Al cruzar la calle, me miró fijamente. Sus ojos reflejaban una profunda tristeza, la misma que yo arrastraba desde hacía meses. Detuvo su paso un instante, como si dudara entre seguir su camino o detenerse a hablarme. Yo también vacilé. Hubiera bastado un solo gesto, una palabra apenas audible, para romper el hielo que nos aislaba del resto del mundo. Pero el semáforo cambió a verde, la riada de peatones nos empujó en direcciones opuestas y nos perdimos para siempre en la multitud. Nunca supe su nombre, pero desde entonces compartimos el secreto de todo lo que pudo haber sido y no fue.

El Quijote ataca los molinos de viento. Alimentada por energía eólica, toda la región manchega se queda varios días sin luz.

El barco pirata estacionó frente a mi casa. Los marineros engancharon el ancla en el árbol del vecino y se apostaron a lo largo de la calle mirando hacia adelante con cara de desalmados. Al rato bajo el capitán y golpeó mi puerta; le abrí, él entró sin ningún tipo de preámbulos y se acomodó en el bar destrozado que me quedó de un fallido cuento de vaqueros. «Usted es escritor, ¿no?», me interpeló en un idioma desconocido; por suerte los dos manejábamos el mismo código literario. «Sí; así es», respondí. «Bien», dijo, «necesitamos alguien con mucha imaginación». «Los críticos dicen que yo no tengo ni una pizca», señalé. «Bien», murmuró pensativo, «ése es un buen signo». Hizo una pausa; tomó un vaso de whisky que había por ahí, y me miró. «Mi tripulación y yo tenemos un problema. No encontramos una buena aventura desde hace años.Nadie nos quiere dar lugar en sus historias; dicen que ya no servimos para nada porque estamos pasados de moda… Así que decidimos tener nuestro propio escritor». Lo único que faltaba, pensé: Piratas con problemas existenciales. «Mire», le dije, «los relatos de aventura no son mi especialidad». «Eso no nos importa, masculló, pónganos en el género que quiera.» Se puso de pie bruscamente, se dirigió a la puerta y agregó: «Le damos una semana. Y no intente traicionarnos. Los dos escritores que lo intentaron ya no pueden escribir más». Y se fue.Entonces, por las dudas, empecé a escribir este cuento.

Por Littera

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